Convivimos e intentamos ganar un espacio durante una nueva etapa que empieza a dejar una rasgadura en nuestro entorno social desde la aparición de una nueva pandemia en estos tiempos modernos.

Somos seres con desesperadas maneras de accionar, buscando nuevas técnicas, herramientas o estrategias para palear, afrontar y asumir un nuevo ambiente. Un nuevo espacio que nos empuja a lidiar entre lo racional  y lo emocional. Se torna dificultoso pactar un equilibrio entre ambos factores en situación de alarma y defensa. Pero es como el ser humano se caracteriza, aquel ser que fue transitando a lo largo de su historia diferentes situaciones para continuar evolucionado psíquica y socialmente.   

Cada cultura, comunidad o pueblo, exhibe sus particularidades y sus mecanismos para interactuar y defender su espacio, sus pensamientos, sus ideas  y sobre todo: sus sentimientos, todos aquellos valores o condiciones únicas  de la especie humana que de alguna manera va alterándose con el impacto que conlleva la aparición de una situación inusual. Transitamos diferentes estados anímicos desde un “encierro” que nos impide relacionarnos del todo con la comunidad, que nos limita una cualidad casi instintiva social que poseemos los seres humanos.

Poseemos sentimientos y emociones que a pesar de poder expresarlos por determinadas herramientas que nos facilita  la tecnología, de  igual manera  quedan encajonadas, encerradas o limitadas al sentirnos impedidos de poder expresarlos a los cuatro vientos, mediante un abrazo, un saludo o un simple apretón de manos. Sin duda, de alguna u otra forma nos sentimos privados, encerrados y hasta acorralados.

Somos seres, guardados, cada uno, como en una pequeña especie de caja, aglomerado de sentimientos que no pueden salir en la superficie con la suficiente expectativa de lo que deseamos. Ahora bien, ¿qué sucede con aquellas personas que ya sobrellevan esta dificultad antes de la situación pandémica? ¿Qué será qué pasa con los que ya viven encerrados, encajonados y hoy día vuelven  reforzar esa cerradura?

Hoy esta situación inédita vuelve a poner una doble cerradura a estas personas encerradas en una especie de placar o clóset  o quizás peor, la sociedad vuelve a introducir a estas personas que ya se encuentran encerradas en un clóset  dentro de otro clóset mayor: “La comunidad del closet dentro de otro closet”.

Puede parecer que la humanidad perciba encontrarse desde el fondo del mar, desde el fondo de una habitación oscura pero existe una pequeña mecha de luz, una chispa que nos permite continuar perteneciendo a una especie única, hermosa y sensible que como la misma historia narra, lo hace resurgir y evolucionar en su especie. 

Este periodo histórico que transitamos, no  debe ser una simple mancha más de las tantas que poseemos como consecuencia de nuestros actos en la humanidad, contrariamente, debe resultar ser una etapa de reflexión, de empatía y solidaridad sin importar sexo, raza, orientación o religión.

Hoy todo permanecemos en un closet pero tenemos la manera de salir de ella. Hoy sentimos “ligeramente” lo que vienen sintiendo aquellas personas que viven “encerradas” desde ya antes de esta situación.  El presente nos ubica y nos recuerda lo que aquellas personas sienten desde hace bastante tiempo, compartimos sus sueños, anhelos, deseos y ansias como propias, como nuestras;  sus derechos y sobre todo el anhelo y la satisfacción de  vivir en libertad.  Esta situación no debe ser digerida exclusivamente como un precedente nefasto del ser humano. Es un momento de aprendizaje, como estamos acostumbrados a tropezar y volver a levantarnos. Un espacio para transitar, reflexionar y asumir juntos nuestros errores y desatar aquellas  redes estigmatizantes que nos golpean y a lo  que tanto nos fuimos y vimos sometidos a lo largo de la historia para revertir los “encierros” de numerosas personas, en especial de aquellas que siguen aguardando en su closet dentro de otro  closet.

  • Ilustración gentileza de Nicodemus Espínoza.