A través de  una perspectiva filosófica, desde tiempos ancestrales, hemos lidiado de algún u otro modo con una interrogante concreta, puntual pero profunda: ¿qué soy?

Continuamente buscamos tener conocimiento relacionado a la llegada de un nuevo ser, ¿será un  niño? ¿es una niña?. Desde tempranas edades, los afectos y las emociones se centran en el nacimiento, bajo esa misma premisa enmarcada o proyectada desde la sociedad; desde un punto estrictamente biológico.

Culturalmente avanzamos en una línea del tiempo donde mantenemos una relación constante y simbiótica a la búsqueda de saber «¿qué es?«. Mediante esta pregunta, la sociedad puede obtener una respuesta clara que pueda alivianar sus expectativas sobre futuras aficiones, actividades, rubros y hasta “destrezas” asociadas de alguna manera errónea a diferencias plenamente sexuales.  La  presión repetitiva y hasta automática, inconsciente, que busca desvelar  la respuesta a esta interrogante transmite inmensas emociones y  cargas,   que se elevan,  como una especie de olla a presión, a punto de estallar. Desde el nacimiento recorremos un sendero con un manual bajos los brazos de acuerdo a “que somos” y en consecuencia, nuestra misión en este mundo inmerso de indicaciones, deberes,  “normativas”, de acuerdo a cómo soy, cómo nací y cómo debo seguir.  

De esta manera pensamos que transitamos en un espacio  organizado, “planificado y “natural” pero, contrariamente, la realidad refleja otro panorama. Lo que conlleva  esta estructuración normativa social,  altera y afecta de sobremanera nuestro cimiento psíquico, desarrollando confusión, alteraciones y riesgos para nuestra estabilidad. Se torna dificultoso pensar en un cambio  radical de esta estructura característica de pensar, pero que sucedería si transformamos ese interrogante:” ¿Qué es? a ¿Qué sentís?.

El cambio de este paradigma supone un interrogante que puede ayudar a evitar innumerables ataduras a las que se ven sometidas incontables cantidad de personas. Vivimos  en  un periodo de tiempo donde a pasos lentos aflora  la libertad,  aquella  que nos permite expresarnos airadamente, la que nos permite asumir y elegir nuestra individualidad, libre de ataduras y de confinamientos hacia lo estrictamente biológico .La satisfacción  y la sabiduría de optar y cambiar.

La libertad de posicionarnos y de transitar con orgullo nuestra condición o nuestra sexualidad, ser  simplemente lo que decidimos ser. La población transexual necesita que la sociedad transite junto a elles y busquen un espacio donde podamos desenvolvernos como realmente sentimos que somos.

Conociendo los sentimientos en que se ven involucrados los individuos desde edades tempranas podemos colaborar a reconstruir esos cimientos golpeados que pretenden ser pilares, soporte y base psíquica de un ser humano y en conjunto de la misma sociedad. Históricamente, el ser humano  posee una característica común de buscar nuevas alternativas, de direccionarse y transitar por nuevos caminos, para su desarrollo. 

Es el momento de transitar en modo  a lo que sentimos, de acuerdo a lo que realmente consideramos que somos, en base a nuestro afecto, sentimientos, emociones, actitudes y sobre todo en base al fin común del ser humano; la felicidad. Los armazones y las superficialidades no deben ser obstáculos, ni mucho menos las rasgaduras que llevamos en este tiempo, por lo contrario, son evidencias del paso hacia un nuevo trayecto, bajo la ausencia absoluta de sentimientos de culpa o reprobación que frustradamente quisieron imponer, que en base a esta nueva interrogante puedan quedar plasmados derechos de igualdad y mismas oportunidades, porque lo que sentimos que somos es plenamente nuestro y es libre de ascender y ramificar.                                                                     

La alternativa se encuentra presente, depende de nosotros saber dónde direccionar nuestra manera de pensar y reflexionar acerca de lo importante que resulta para todos un nuevo transitar: Ser los que sentimos que somos.