El concepto de paternidad, ha sido frecuentemente considerado un término que irradia fuertes lazos de conexión y arraigos afectivos y normativos desde diferentes contextos a nivel cultural.
Dentro del contexto de la paternidades diversas, encontramos estimulos al percibir lazos muy intensos, como raíces sólidas o semillas sembradas y fortalecidas que hasta a veces escapan de un análisis racional debido a ese apego y especie de vínculo que transmite el simple término en general. Pero, ¿qué implica realmente la paternidad?
Culturalmente la paternidad es considerada como una cualidad de carácter hasta casi jerárquica en muchos casos, donde, por un lado, se entremezclan afectos y algunas emociones, por otro lado, mayormente fluctúan rasgos estrechamente relacionados a la firmeza y la disciplina que promueven a un desarrollo de la estructuración psíquica encaminado a lo normativo y hacía casi una subordinación hasta determinadas edades o etapas.

Los niños, sin lugar a dudas, requieren de espacios relacionados a lo estrictamente disciplinario pero la balanza de la “paternidad” en nuestra sociedad, se inclina notablemente hacia este factor de obediencia normalizada, obviando las numerosas virtudes que envuelven a esta cualidad única y diferente.
Una paternidad implica aglomerar diversas cualidades, sin inclinar la balanza hacia determinados factores. Por lo contrario, una paternidad saludable requiere mantener un equilibrio desde lo afectivo y lo disciplinario, manteniendo una apertura y recepción afectiva, abriendo puertas que favorezcan el desarrollo afectivo de un hijo. Aunque no existe ningún manual, dentro de las diversas cualidades que infiere una paternidad, existen dos pasos de las cuales son imprescindibles para una adecuada conjunción padre- hijo: apertura y aceptación.
Previo a aceptarse como una figura paterna, es necesario aceptarse como uno mismo es, con sus virtudes y debilidades. Reconocer su sentido de pertenencia, aceptándose como sí, consolidando sus sentimientos, sus gustos y afectos, sin condicionamiento alguno. No deben ser obstáculos los componentes o rasgos propios de la personalidad de cada uno, la orientación sexual ni las actitudes o valores que sembramos; ningún factor puede invalidar a aceptarnos como nos sentimos cómodos y felices.
Partiendo desde esa reconfirmación de cómo somos, iniciamos un proceso de aceptación como figura paterna, aceptando a nuestros hijos del mismo modo que nos aceptamos a nosotros mismos. Los padres deben brindar ese espacio de apertura y aceptación de las diversas maneras que pueden expresar sus hijos sus emociones y afectos. El apoyo que deben transmitir fortalece y solidifica psíquicamente a los hijos, quienes en consecuencia podrán sentirse libres de transmitir, expresar y brindar afecto y sentimientos sin limitaciones ni condicionamiento.
Convivimos en una estructura social donde reprimimos sentimientos o lo canalizamos hacia direcciones que nuestras mismas particularidades culturales nos indican. Pero este grado de apertura paternal incide en la libertad que en el futuro podamos obtener de canalizar nuestras emociones a diferentes direcciones; podemos amar a una mujer o a un hombre, podemos permitirnos dar un beso o un abrazo a cualquier persona sin distinción de género. Podemos transmitir y experimentar sentimientos y afectos hacia personas simplemente en base a lo que sentimos y a lo que somos. Una paternidad saludable implica escuchar, atender y expandir los horizontes buscando lo mejor para sus hijos. Refleja reunir numerosas cualidades en base a empatía, apoyo y cariño. Definitivamente, la construcción de una nueva generación en base a virtudes y valores, que busca la felicidad, la libre expresión y el sentido de existir expresando y manifestando simplemente lo que uno siente, conlleva de la misma manera una educación en base a apertura y aceptación por parte de los padres, bajo esa cualidad única y especial que desarrollan varias personas diversificando la paternidad.


